REFLEXIONES DIARIAS: PARA UN NUEVO DÍA 

REFLEXIONES DIARIAS: PARA UN NUEVO DÍA 

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Hand nailed to the cross with blood and dirt

«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is. ‭53:5).

      Hasta la última gota de su sangre, ese fue el precio pagado por Cristo para la redención de nuestros pecados, hasta la última gota. Eso bastaría para darnos una idea de lo valioso de esa sangre: no era suficiente con que Él diera su vida había de entregar hasta esa última gota de sangre, pues en cada una de esas gotas se hallaba la salvación de innumerables almas.

      Pero no era tan solo sangre lo que fluía de sus heridas, por cada una de ellas se estaba derramando sobre esta tierra el amor de Dios, su perdón, y una gracia y una misericordia hasta entonces desconocidas, pero suficientes para traer a este mundo la salvación de millones de almas. Esa obra redentora abrió definitivamente la puerta del cielo a una humanidad caída por causa del pecado.

     Sin embargo para Cristo, lejos de que esa cruz representará su muerte, lejos de ser un lugar de sufrimiento, Él desde allí lo que vio fue mi salvación, y la tuya, y la de tantos y tantos renacidos que hasta hoy han encontrado en su sacrificio la Paz y el descanso para sus almas: «[…] Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (He.‬ ‭12:2).

       ¿Alguien sería capaz de hacer una lista de los redimidos por la cruz? ¿Cuántos enfermos han sido sanados por la fe en Jesucristo? ¿Cuántos pecadores hemos encontrado en esa cruz el descanso para nuestras almas? ¿Cuántas lágrimas de tristeza y desesperación han sido transformadas en lágrimas de gozo y esperanza a los pies de esa bendita cruz de Jesucristo? Una cruz que hoy sigue estando delante de cada uno de nosotros como una puerta abierta a la salvación, al consuelo, al perdón y a la esperanza que viene directamente del corazón de Dios, y está a disposición de todo ser humano que rendido se postre ante ella con un corazón arrepentido.

     Millones y millones de almas que vagaban perdidas entre las sombras de la condenación y la esclavitud del pecado hallaron la luz en esa cruz y por esa sangre allí derramada ¿Hay más amor que este?

     “El castigo de nuestra paz fue sobre Él”. Pudiera parecer que la paz no debiera de conllevar ningún tipo de castigo, pero todo tiene un precio, y la paz que viene de Cristo tiene un precio. Esa paz tiene un precio al igual que lo tiene nuestro pecado, cada una de nuestras faltas, cada una de nuestras malas acciones, nuestros malos pensamientos, nuestros malos deseos; cada uno de nuestros pecados han de ser pagados ¿Pero puede acaso un indigente pagar una multa? ¿Puede un hombre empobrecido por el peso y las consecuencias del pecado acercarse a Dios con algo que tenga el suficiente valor como para intentar saldar su deuda con ese Dios Santo creador de todo? El hombre en ninguna manera podía pagar ese precio por la paz de su alma, eso solamente pudo ser llevado a cabo por alguien que no tenía ninguna deuda pendiente con El Dios creador: Su Hijo Jesucristo, nuestro redentor.

     ¿Qué cadenas te oprimen? ¿Qué sombras te atenazan? ¿Qué pecados te esclavizan? ¿Qué dolores ensombrecen tu vida? ¿Cuáles son tus miedos? ¿Cuáles tus vergüenzas? Jesús romperá todas esas fronteras que te separan de la salvación, Él con esa última gota de Su sangre rubricó la sentencia que te da libertad; tan solo has de acercarte confiadamente a los pies de esa cruz y pedirle humildemente perdón reconociéndolo como Señor y Salvador de tu vida, ese es el único precio que él te va a pedir, abandonar tu orgullo y reconocer Su autoridad.

        Reconocer que Cristo es el Hijo de Dios, que Él pagó por tus pecados para traerte la libertad. Recibir tu salvación por la gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, gracias al sacrificio de la cruz. Entregarle nuestros pecados, nuestras debilidades, dolores y miedos. Confiar en que no somos nosotros quienes podamos traer la salvación a nuestras vidas, que es Él, Jesucristo quién puede acercarnos la salvación de nuestras almas, porque fue Él el único que pudo pagar el precio que mi pecado arrastraba.

      Señor, lávanos con esa preciosa sangre, limpia nuestro pecado, y renuévanos con Tu poder.