HIMNO: SEÑOR JESÚS EL DÍA YA SE FUE

AUTOR: HENRY FRANCIS LYTE

Henry Francis Lyte nació en Kelso, Escocia, el primero de junio de 1793. Su padre era miembro de la armada inglesa y despreocupado de sus responsabilidades familiares.

Su mayor influencia de niñez fue su madre Anna Maria, y cuenta el mismo Henry que fue en las rodillas de su madre donde aprendió a orar y oyó por vez primera las historias de la Biblia.

A los nueve años fue enviado a la escuela de Protoro en Irlanda.

Su madre falleció poco después, y a pesar de descender de una distinguida familia y ser hijo del Capitán de la Armada Thomas Lyte, Henry sólo contó con la ayuda de sus amigos, en especial del Reverendo Burrows quien pagó sus estudios.

Ingresó al Trinity College en Dublin en 1812. Al siguiente año obtuvo una beca. Ganó el premio de poesía inglesa tres años consecutivos.

Se ayudó a financiar sus estudios con donaciones de sus profesores y dando clases privadas. Al terminar sus estudios secundarios se propuso estudiar medicina.

Sin embargo el llamado de Dios primó y decidió dedicarse al ministerio cristiano.

En un pueblo a siete millas de Oxford se hizo cargo de una parroquia con la única compañía de una flauta, su pluma y sus libros.

 Allí aprovechó para escribir varios poemas que llegaron a ser apreciados en las más altas esferas del poder en el Reino Unido.

A la par se dedicó a visitar a sus filigreses y auxiliarles en todo cuanto podía.

El Reverendo Abraham Swanne fue una gran influencia en su vida espiritual, y cuando enfermó, Henry cuidó de él hasta su muerte y luego se encargó del cuidado de su esposa y sus hijos.

Esto le significó un esfuerzo físico y mental tan grande que enfermó y se le ordenó viajar “al continente” si quería vivir.

Estuvo en Francia e Italia hasta que su salud mejoró y se estableció en Marazion en Inglaterra.

Allí conoció a su esposa Anne Maxwell. En 1821 falleció su pequeña hija Anna María al mes de nacer, a quien había puesto el nombre de su madre. Años después escribió un sentido poema recordando los momentos de dolor que vinieron tras la pérdida de su pequeña.

Henry era un hombre convencido de que el servicio cristiano iba más allá de la predicación de la palabra, y dedicó gran parte de sus fuerzas a un programa de salud y educación.

Los domingos daba clases a niños y adultos donde les enseñaban desde leer y escribir, y llegaron a tener más de 700 alumnos, y entre 70 y 80 profesores voluntarios.

Tanto trabajo terminó pasando factura y en la primavera de 1839 luego de varias semanas de sufrimiento el Dr. Chambers le dijo que a menos que descansara por un tiempo su viaje en esta vida iba a terminar.

Sin embargo Henry siguió acabando lo que le quedaba de salud, dedicado a su misión de enseñanza y ministerio.

En los meses más fríos de otoño e invierno de 1843, al quedarse sin su asistente en la iglesia contrajo un cuadro de bronquitis por exposición al aire frío de la noche,.

Finalmente en 1844 se vio obligado a acatar la recomendación médica y se mudó a Nápoles buscando un clima más cálido.

Varias veces estuvo a punto de morir por las intensas fiebres que lo azotaban.

 Luego de 2 años de enfermedad, cuando sintió que había recuperado algo de sus fuerzas dejó Italia para volver a su amado Brixham en Inglaterra, con el deseo de supervisar el trabajo que había dejado antes.

Su salud nunca se lo permitió y pronto supo que debía abandonar para siempre esas frías costas.

En 1847 el amor por su pueblo pudo más que su enfermedad y regresó con cierto grado de fortaleza física que incluso le permitió oficiar la boda de su segundo hijo.

Terminaba el verano, y comenzaba el mes de Septiembre. Entonces expresó su deseo de predicar una vez más ante sus feligreses.

En vano intentaron disuadirlo de su propósito. Una vez más dijo una de sus frases insignia “es mejor desgastarse que oxidarse”.

Sabiendo que esta podría ser la última ocasión en que se dirigiera a su congregación, escribió un poema de ocho estrofas, donde expresaba su único deseo en lo que podrían ser sus últimos días: que Dios estuviera a su lado.

Su último sermón fue sobre la cena del Señor. Esa misma tarde entregó a un familiar suyo el poema con la letra del himno Señor Jesús el día ya se fue, junto con una melodía que él mismo compuso.

Viajó de nuevo a Italia donde a los pocos días, el 20 de noviembre de 1847 falleció debido a un cuadro de Influenza que se sumó a su ya delicado estado de salud.

 En sus últimos momentos mientras miraba como hacia el cielo repetía las palabras

 “paz, gozo”.

Su sepulcro está señalado por una cruz en el cementerio Británico en Nice, Francia.

Hubo que esperar 14 años para que el organista y compositor William Henry Monk se encontrara con los versos de este poema.

Al leerlo sintió la necesidad de componerle una melodía apropiada, y se dice que en media hora tuvo lista la melodía y el arreglo, al cual llamó eventide que en español significa manto de la noche.

Este himno ocupa un lugar importante en los corazones de la comunidad cristiana.

Señor Jesús el día ya se fue; uno de los himnos más exiquisitos en su letra, compuesto por un misionero moribundo, y una melodía sencilla, melancólica acompañada por un arreglo majestuoso, se ha ganado para siempre un lugar en la memoria colectiva del mundo cristiano.

Letra del himno Señor Jesús el día ya se fue:

Señor Jesús el día ya se fue

La noche cierra oh conmigo sé

Al desvalido por tu compasión

Dale tu amparo y consolación

Veloz el día nuestro huyendo va,

sus glorias, sus ensueños pasan ya;

mudanza y muerte veo en redor;

no mudas tú: conmigo sé, Señor.

Tu gracia en todo el día he menester.

¿Quién otro puede al tentador vencer?

¿Qué otro amante guía encontraré?

En sombra o sol, Señor, conmigo sé.

Que vea al fin en mi postrer visión

de luz la senda que me lleve a Sion,

do alegre cantaré al triunfar la fe:

«Jesús conmigo en vida y muerte fue».