HIMNO: UN ANCLA TENEMOS

AUTOR: ÁNGEL HERREROS DE MORA

Ángel Herreros de Mora nació en Madrid, España, cerca del año 1815, y desde su niñez fue un niño destacado.

 A los cuatro años aprendió a leer y ganó el favor y amistad de sus maestros de escuela por ser un niño sobresaliente.

Su interés y amor por la literatura siempre le acompañó a lo largo de toda su vida.

A la edad de 16 años le fue ofrecida la oportunidad de entrar en una escuela de sacerdotes católicos. No era realmente un deseo que él tenía, sino que le fue presentada como una oferta sutilmente atractiva, ya que un “representante de Dios guiaría su alma y que podía tener completa confianza” que sería lo mejor para su vida. La realidad no resultó ser como se la habían planteado. Las penitencias que eran impuestas le afectaron tanto emocional como físicamente, dejando marcas permanentes en su cuerpo, a pesar de que era destacado en sus estudios.

Durante sus últimos años de estudios como sacerdote comenzó una búsqueda por la verdad, por lo que comparaba las doctrinas practicadas por Roma con la Palabra de Dios.

 Ángel de Mora abandonó el clérigo, convencido por el evangelio de la Palabra de Dios y se declaró abiertamente como protestante.

 Sus visitas a Estados Unidos e Inglaterra le llevaron a conocer a muchos personajes de importancia, incluso con influencia en el gobierno y la publicación de literatura.

Ángel de Mora regresó a España en 1854 y trabajó como escritor. Sus escritos estaban dirigidos especialmente en contra del grupo de los Jesuitas, quienes tenían una gran influencia en ese tiempo en España. Sus publicaciones llegaron a tener cierta popularidad, lo cual no gustó a los líderes de la iglesia romana. Le consideraban un traidor por haber abandonado sus órdenes.

El 27 de agosto de 1854 Ángel salió de su casa para una caminata de rutina.

 Sumido en sus pensamientos sobre lo que había estado escribiendo durante el día no percató como seis hombres le interceptaron y, antes que pudiera reaccionar, le dieron un golpe en la cara con un palo y le llevaron arrastrado hasta la oficina del gobernador civil.

Un vicario general, de la iglesia romana, se encargó de Ángel de Mora por el tiempo que estuvo detenido.

 Le tuvieron los primeros días en un calabozo maloliente y húmedo en el sótano de un edificio.

Nunca le dieron ninguna sentencia porque realmente no tenían de qué acusarle.

 Las mismas autoridades civiles se compadecieron de él por lo que hicieron que lo trasladaran a un apartamento en mejores condiciones.

Convencido que le buscaban envenenar (como había ocurrido en otros casos de la inquisición), Ángel no aceptó comida ni bebida de parte de sus captores, sino que le fuera traída por su esposa y suegra todos los días. A pesar de los tratos inhumanos que recibió, el encarcelamiento no le impidió tener contacto con sus amistades y recibir visitas. De Mora aprovechó el tiempo para compartir el evangelio con los guardias que, por estar vigilándolo, no tenían otra opción. Entre todas las guardias, De Mora estima que por lo menos más de 150 guardias habrían tenido que vigilarle.

Tiempo después, le trasladaron a un convento donde buscaron persuadirle nuevamente a regresar a la religión popular, cosa que Ángel de Mora rechazó totalmente. Con la ayuda de sus amigos y familiares, Ángel de Mora logró escapar del convento donde le tenían retenido. Habiendo recibido el favor del gobierno de Gran Bretaña para darle refugio, se fue para Londres.

Siempre mantuvo buena relación y correspondencia con Guillermo Rule, también escritor de himnos y le tuvo entre sus más cercanas amistades.

 Ángel Herreros de Mora trabajó también en la revisión de la Biblia Reina-Valera de 1865 junto con el misionero Henry Barrington Pratt, utilizando los manuscritos que habían sido encontrados por Tischendorf durante el siglo XIX.

En 1867 se trasladó a Lisboa con el deseo de regresar a su patria para seguir compartiendo el evangelio allí.

Nunca pudo llevar sus planes a cabo, por lo que se quedó ayudando en la propagación de la Palabra de Dios en Portugal.

Falleció en Portugal en 1876.

1. Un ancla tenemos que el túmido mar,
por mucho que ruja, no puede quebrar
la dulce esperanza que infunde Jesús,
legada en su muerte de angustia en la cruz.
De angustia en la cruz, de angustia en la cruz.
Legada en su muerte de angustia en la cruz.

2. Allende los cielos el trono de Dios,
que rige supremo en el reino de amor,
esta ancla fijemos que firme estará,
pues Dios, nuestro Padre, no nos faltará.
No nos faltará, no nos faltará.
Pues Dios, nuestro Padre, no nos faltará.

3. Y cuanto más ruja la cruel tempestad,
más firme tomemos el cable de fe;
que furia de vientos, ni embates del mar,
no pueden del puerto la entrada vedar.
La entrada vedar, la entrada vedar.
No pueden del puerto la entrada vedar.