«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.»
‭‭(Gá‬ ‭6:7-8‬)
Una de tantas moralejas populares cuenta la historia de un albañil, una historia que dice así: Hubo un hombre entregado a su trabajo por años, fiel trabajador, siempre pendiente de los deseos de su jefe, y siempre obediente. Pero llegó el día en que, cansado ya de construir casas, sus manos habían perdido la firmeza necesaria para seguir adelante con aquel oficio; por lo que llegándose a su jefe le contó de su deseo de retirarse.
Éste, al escuchar la noticia le rogó que por un poco de tiempo retrasara su decisión. Fue entonces que su jefe le propuso una última obra, una casa más, un proyecto (le dijo) que tenía en mente desde hacía mucho tiempo.
Aquel albañil no pudo, o no supo negarse. Pero sus ánimos de trabajo habían sido consumidos por años de monótona rutina, sus ilusiones de ver una nueva obra terminada habían desaparecido hacía mucho tiempo.
Aún con todo, aquel hombre obedeció de nuevo, se puso manos a la obra y comenzó una nueva casa. Pero su motivación había desaparecido, edificaba pero ya no era lo mismo. Y llegó el día en que aquella casa había sido terminada, sin embargo, ésta nada tenía nada que ver con otras casas que tiempo atrás había construido. Con diferencia era la peor casa que había construido jamás.
Al avisar a su jefe de que la casa había sido acabada, éste le pidió que lo acompañase a ver al nuevo propietario, para hacer entrega de las llaves. Su sorpresa fue mayúscula cuando su jefe,  ante la casa, le dio las llaves a él y le dijo: «Ésta es tu casa, siempre tuve ganas de que tú tuvieses una casa en la que pasases tu vejez, después de años de hacer casa para otros; espero que te guste la casa, que esta vez, has hecho para ti.»
Una terrible sensación se adueñó de su corazón, una mezcla de vergüenza, rabia y fracaso embotaron su mente mientras la tristeza hacía manar lágrimas de sus cansados ojos.
¡Cuánto tiempo perdemos mirando nuestro pasado, mientras desperdiciamos nuestro presente imaginándonos un futuro que nada tiene que ver con el plan de Dios para nuestras vidas! Si tomásemos el ejemplo de Cristo, Él nunca interpuso Su voluntad a la del Padre, aunque ésta fuese que Él acabará en la cruz. Él nunca se sintió desmotivado, nunca se dejó influenciar por las tendencias de su época, nunca le importó «el qué dirán» ni planificó su futuro.
En verdad la mente humana se desboca en segundos y luego pretender pararla no es tarea tan fácil como quisiéramos, por lo que en muchos casos actuamos sin pensar, sin ver las consecuencias, sin ser conscientes de que aquello que hoy estamos sembrando será lo que cosechemos el día de mañana.
¿Y todo esto por qué? Pues porque perdemos de vista la cruz. Sí, amigo mío, no es por otra cosa, simplemente por eso; porque perdemos de vista la cruz. Y cuando un cristiano pierde de vista la cruz, pierde su propósito, y comenzamos a sembrar para nuestra carne, única y exclusivamente para nuestra carne; por lo que ya sabemos qué será aquello que cosecharemos: «corrupción».
Jesús hablaba de que una tierra buena podrá dar hasta el 100×1 de aquello que se la siembre, ¿Quieres ser tu esa tierra? Yo sí. Dejemos de darle vueltas a nuestros planes y confiemos en que Dios tiene para nosotros un plan mejor que el nuestro para nuestras vidas. Confiemos en que Dios ya sabe de antemano todas nuestras necesidades y a su tiempo las cubrirá como hizo hasta hoy.
Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento, Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. ‭Habacuc‬ ‭3:17-18.

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