«Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades» (Dn. ‭4:34‬).

 Por un lado Daniel, un hombre llevado a la cautividad desde su juventud. Y por otro Nabucodonosor, el rey del imperio babilónico, una de las potencias del mundo antiguo, ven como sus vidas van siendo entrelazadas por la voluntad de Dios. Y por otro nosotros, que como espectadores de excepción podemos asistir en este libro de Daniel a como Dios va tratando con sus vidas hasta llevar, por un lado a Daniel, a convertirlo en uno de los profetas más importantes del Antiguo Testamento, y por otro lado a Nabucodonosor, a hacerlo comprender que nada puede hacer un hombre por poderoso que sea si vive de espaldas a la autoridad y soberanía del Dios del cielo.

Me llama la atención la frase: «Alcé mis ojos al cielo» ¿Por qué? Pues porque en verdad ese gesto significa o debiera de significar mucho más de lo que significa comúnmente. Por lo general en ese gesto, en esas miradas al cielo que en los momentos difíciles de la vida todos hemos echado en más de una ocasión, hay una mezcla extraña entre incredulidad, clamor, desafío, impotencia, desesperación, rabia, necesidad y súplica; porque el corazón del hombre es engañoso y complejo, y en segundos vuela de la súplica a la ira sin control.

 Cuando enfrentamos esos momentos de dificultad, el consejo dado siempre es consolador y esperanzador, pero cuando nos toca en primera persona es difícil encontrar la esperanza y el consuelo aún mirando hacia el cielo. ¿Por qué? Tal vez por lo dicho anteriormente, por la actitud que habita en nuestro corazón a la hora de mirar al cielo.

Siempre en la vida llega un momento en el que necesitamos ser auxiliados por Dios, llega un momento en el que nuestros recursos fallan y nada nos queda que podamos blandir ante las heridas de la adversidad. Las propias palabras que en otro momento salieron de nuestras bocas como sinceros consejos para otros, hoy ante nuestras calamidades han perdido todo su poder, y como papel mojado son arrastradas por la riada de nuestra desesperación.

 Y el caso es que sabemos muchas cosas, sabemos que Dios es soberano, que él tiene el control de todo, que su voluntad es lo principal, que nada hay que se escape a sus ojos y que ante todo, él no desea hacer sufrir a nadie. Sabemos que Cristo intercede por nosotros y que nada ocurre por casualidad. ¿Pero qué hacemos nosotros en esos casos? Corremos a tomar los mandos, nos falta tiempo para intentar hacernos con el control de la situación porque no vemos ni claridad ni futuro en lo que estamos viviendo. Nos hemos convertido en las mismas bestias que el rey Nabucodonosor, unas bestias que solo buscan aquello que encaja en su comprensión y en sus planes, seres que tan solo están dispuestos a aceptar lo que concuerde con sus planes y deseos.

Porque no es lo mismo someterse que aceptar, y este matiz es muy importante en cuanto a la voluntad de Dios. Someterse es como rendirse ante aquel que nos venció en una guerra, tu enemigo, tu invasor se hizo con el control de tu vida y no te queda otra que someterte a su voluntad, pues te va la vida en ello. Pero aceptar es otra cosa, aceptar es lo que el esposo hace en el altar con su esposa y viceversa, aceptar es recibir gozoso aquello que deseamos, amamos y esperamos. Así pues nos sometemos a lo que no nos queda más remedio, pero aceptamos aquello que amamos.

¿Dónde reside la gran diferencia? Pues en que debemos de conocer esa voluntad para amarla y desearla ¿Y esto cómo es? Pues conociendo el corazón de Aquel de quién emana dicha voluntad, y eso comienza por una sincera relación con Jesucristo. Si en cada uno de nosotros estuviese el deseo de ser abrazados por Cristo, si entendiésemos sus deseos de poder amarnos como Él desea, si hubiésemos experimentado la sensación de seguridad y confianza que hay en el abrazo de Cristo, nadie dudaría en correr hacia esa voluntad como refugio en el que habitar cada día.

 Y como ejemplo siempre Jesús. Ante la voluntad de Su Padre, fue sumiso a la cruz, y no solamente sumiso sino gozoso: «el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (He. ‭12:2‬). Tú eres ese gozo que acompañaba a Cristo en la cruz, tu corazón, tu vida rescatada de las garras del infierno, ese era y es el gozo que habita en el corazón de nuestro Redentor; ¿Y aún dudas de si su voluntad será buena y santa hacia ti?

 Hoy mi deseo es animarte a correr hacia la voluntad de Dios como un lugar en el que encontrar refugio, y no un lugar donde soportar el dolor o aprender a sufrir. No, la voluntad de Dios siempre rescata, la voluntad de Dios siempre te hará más libre de lo que eras antes de conocerla y aceptarla.

Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

1 Juan‬ ‭2:17

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