A Albert Einstein lo recordamos por otras cosas aparte de su cabello despeinado, sus ojos grandes y su agudo carisma. Lo conocemos como el genio y físico que cambió nuestra cosmovisión. Su famosa fórmula, E=mc2, revolucionó el pensamiento científico y nos introdujo en la era nuclear. Con su «teoría de la relatividad», razonó que, dado que el universo completo está en movimiento, todo conocimiento es una cuestión de perspectiva. Creía que la velocidad de la luz es la única constante según la cual medir el espacio, el tiempo y la masa.

Mucho antes que Einstein, Jesús habló del papel de la luz para entender nuestro mundo, pero desde una perspectiva diferente. Para respaldar su afirmación de que Él es la luz del mundo (Juan 8:12), sanó a un ciego de nacimiento (9:6). Cuando los fariseos lo acusaron de pecador, este hombre agradecido dijo: «Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (v. 25).

Mientras que las ideas de Einstein han sido difíciles de probar, la validez de las afirmaciones de Jesús pueden verificarse: podemos pasar tiempo con Él en los Evangelios, invitarlo a participar de nuestra rutina diaria y ver cómo transforma nuestra perspectiva de todas las cosas.

Solo cuando andamos en la luz de Cristo podemos vivir en su amor.