Durante tres años consecutivos, mi hijo participó de un recital de piano. El último año que tocó, lo observé subir los escalones y preparar su partitura. Después de tocar, se sentó junto a mí y susurró: «Mamá, este año, el piano es más pequeño». Le contesté: «No, es el mismo piano del año pasado. ¡Tú estás más grande!».
El crecimiento espiritual, al igual que el físico, suele darse lentamente. Es un proceso constante que implica parecerse más a Jesús, y sucede a medida que somos transformados mediante la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2).
Cuando el Espíritu Santo obra en nosotros, quizá tengamos convicción de pecado y nos esforcemos por cambiar. A veces, lo logramos, y otras, fracasamos. Si parece que nada cambia, nos desanimamos. Tal vez consideramos que el fracaso equivale a una falta de progreso cuando, en realidad, suele probar que estamos en medio del proceso.
Para el crecimiento espiritual, hace falta el Espíritu Santo, nuestra voluntad de cambiar y tiempo. En ciertos momentos de nuestras vidas, quizá miremos atrás y veamos que crecimos espiritualmente. Que Dios pueda darnos la fe de seguir adelante y creer que «el que comenzó en [nosotros] la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).