«¿Quién se cree que es?», dijo un amigo mío sobre un creyente que conocíamos. Ambos pensábamos que era muy soberbio. Cuánto nos entristecimos al enterarnos de que lo habían descubierto en algunas faltas graves. Lo único que consiguió al engreírse fueron problemas. Comprendimos que a nosotros podría pasarnos lo mismo.
A Esdras, la Biblia lo describe como «experto en la ley de Moisés» (Esdras 7:6 LBLA). Además, le habían asignado liderar a los hebreos en su regreso a Jerusalén. Era el candidato perfecto para sucumbir a la soberbia. Pero él no solo conocía la ley, sino que la practicaba.
Ya en Jerusalén, se entristeció y, arrepentido, oró por aquellos que habían desafiado las instrucciones divinas (9:1-15). El conocimiento y la posición de Esdras estaban motivados por un propósito más elevado; por eso, confesó: «he aquí, estamos delante de ti en nuestra culpa, porque nadie puede estar delante de ti a causa de esto» (v. 15).
Ante la enormidad de su pecado, se arrepintió humildemente y confió en la bondad del Dios que perdona.

«El orgullo conduce a todos los demás vicios: es el estado mental completamente anti-Dios».