Al Dr. Goldman lo obsesionaba ser perfecto al tratar a sus pacientes. Sin embargo, en un programa de amplia difusión, admitió que había cometido errores. Reveló que, luego de tratar a una mujer en la sala de primeros auxilios, decidió darle el alta. Más tarde, una enfermera le preguntó: «¿Recuerda a esa paciente que mandó a su casa? Bueno, volvió». La habían vuelto a internar y murió. La situación lo devastó. Se esforzó aun más para ser perfecto, pero aprendió lo inevitable: es imposible ser perfecto.

El apóstol Juan escribió: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). La solución no es esconder los pecados y esforzarse por mejorar, sino colocarnos bajo la luz de Dios y confesarlos. «Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (v. 7).

En medicina, el Dr. Goldman propone la idea de un «médico redefinido», el cual, en una cultura donde se vacila para admitir los errores, ya no luche contra la tiranía de la perfección, sino que los reconozca y respalde a los colegas que lo hacen. Todo esto para mejorar.

¿Qué pasaría si, a pesar del riesgo, los creyentes fuéramos sinceros entre nosotros y con el mundo?

Ser sinceros con Dios sobre nuestro pecado trae perdón.