Mi sobrino sabía que no tendría que haberlo hecho. Me daba cuenta porque ¡se le notaba en toda la cara! Cuando me senté para hablar con él de su error, cerró los ojos con todas sus fuerzas. Sentado allí, pensó —con su lógica de tres años de edad— que si no podía verme, yo no podía verlo tampoco. Y si él era invisible para mí, podía evitar la conversación (y las consecuencias) que sentía venir.
Me alegro tanto de que pude verlo en ese momento. Aunque no podía dejar pasar lo que había hecho, y teníamos que hablar del asunto, no quería que nada se interpusiera entre nosotros. Quería que me mirara a la cara y viera cuánto lo amo, ¡y que estaba dispuesta a perdonarlo! En ese instante, capté un atisbo del probable sentir de Dios cuando Adán y Eva dañaron la confianza de Él en el huerto de Edén. Al sentirse culpables, se escondieron de Dios (Génesis 3:10), quien podía «verlos» con tanta claridad como yo podía ver a mi sobrino.
Cuando nos damos cuenta de que hicimos algo mal, solemos intentar evadir las consecuencias. Huimos, nos escondemos o cerramos los ojos a la verdad. Si bien Dios requiere que cumplamos sus patrones de rectitud, nos ve (¡y nos busca!) porque nos ama, y nos ofrece perdón por medio de Jesucristo.