Mientras estaba sentado en un tren, camino a una cita importante, empecé a preguntarme si había tomando la línea correcta. Era la primera vez que hacía ese recorrido y no había pedido indicaciones. Finalmente, vencido por la incertidumbre, bajé en la estación siguiente… ¡solamente para que me dijeran que estaba en el tren acertado!

Ese incidente me recuerda que las dudas pueden robarnos la paz y la confianza. Una vez, había luchado con el tema de la seguridad de mi salvación, pero Dios me ayudó a vencer esa incertidumbre. Al tiempo, después de hablar sobre mi conversión y la certeza que tengo de ir al cielo, alguien preguntó: «¿Cómo puedes estar seguro de que eres salvo y que vas al cielo?». Con confianza y humildad, repetí el versículo que el Señor había usado para ayudarme: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Juan 5:13).

Dios promete que, por la fe en su Hijo Jesús, ya tenemos vida eterna: «Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo» (v. 11). Esta seguridad perfecciona nuestra fe, nos levanta cuando estamos desanimados y nos da valor cuando dudamos.

Las dudas desaparecen al recordar las promesas de Dios.