Mientras salíamos del estacionamiento, mi esposo desaceleró para dejar pasar a una joven que iba en bicicleta. Ella sonrió, saludó y siguió su camino. Momentos después, el conductor de una camioneta estacionada abrió de repente la puerta, arrojando a la ciclista al pavimento. Con las piernas ensangrentadas, la joven lloraba mientras examinaba su bicicleta doblada.
Más tarde, reflexionamos sobre el accidente: Si tan solo la hubiéramos hecho esperar… Si el conductor hubiera mirado antes de abrir la puerta… Si tan solo… Las dificultades nos hacen entrar en un ciclo de cuestionamientos, y nos perdemos en los «si tan solo…».
Cuando llegan problemas inesperados, a veces cuestionamos la bondad de Dios. Tal vez, incluso sintamos la desesperación que experimentaron Marta y María cuando su hermano murió. ¡Ah, si tan solo Jesús hubiera venido apenas se enteró de que Lázaro estaba enfermo! (Juan 11:21, 32).
Al igual que Marta y María, no siempre entendemos por qué atravesamos momentos difíciles. Sin embargo, podemos descansar al saber que Dios está cumpliendo sus propósitos para un bien mayor. En cada circunstancia, podemos confiar en la sabiduría de nuestro Dios fiel y amoroso.