Cuando un grupo de universitarios hizo un paseo cultural, el instructor casi no reconoció a una de sus mejores estudiantes. En la clase, ella escondía bajo sus pantalones unos zapatos de unos 15 centímetros de alto. Pero con botas, medía menos de un metro y medio. «Mis tacones son como quiero ser —dijo riendo—, pero mis botas son como en realidad soy».
Nuestra apariencia física no define quiénes somos; lo que importa es el corazón. Jesús fue duro con los expertos en apariencias: los súper religiosos «fariseos y maestros de la ley». Cuando estos le preguntaron por qué sus discípulos no se lavaban las manos antes de comer —como indicaba la ley (Mateo 15:1-2)—, Él dijo: «¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?». Entonces, señaló cómo ellos habían inventado un agujero legal para proteger sus riquezas y no ocuparse de sus padres (vv. 4-6), deshonrándolos y violando el quinto mandamiento (Éxodo 20:12).
Si priorizamos las apariencias, encontrando excusas para no cumplir los claros mandamientos de Dios, estamos violando el espíritu de la ley. Jesús afirmó: «del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones» (Mateo 15:19). Solo Dios, por medio de Cristo, puede darnos un corazón limpio.