Cuando fui a visitar a mi hermana, mis sobrinos me mostraron entusiasmados su nuevo sistema de quehaceres domésticos. Un colorido tablero electrónico registra sus tareas. Cuando realizan bien una de ellas, los niños tocan un botón verde y se añaden puntos a su «cuenta de gastos». Una falta, como dejar la puerta abierta, les cuesta una multa que se deduce del total. Como sumar puntos tiene recompensas interesantes, ¡mis sobrinos suelen estar motivados a hacer sus tareas!
Al ver el ingenioso sistema, bromeé diciendo que desearía tener una herramienta motivacional tan emocionante. Pero, por supuesto, Dios sí nos dio la motivación. En lugar de simplemente exigir nuestra obediencia, Jesús prometió que una vida de obediencia a Él, aunque tiene un alto precio, es una vida plena y «en abundancia» (Juan 10:10). Experimentar la vida en su familia vale «cien veces más» que el costo; ahora y en la eternidad (Marcos 10:29-30).
Podemos regocijarnos porque servimos a un Dios generoso, que no nos paga ni nos castiga según merecemos. Él acepta nuestros débiles esfuerzos, y recibe y recompensa a los últimos en llegar a su reino con la misma generosidad que a los primeros (ver Mateo 20:1-16). En vista de esta realidad, sirvamos al Señor con gozo.