LA BELLEZA DE DIOS

      «¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Is. ‭53:1-3‬).

La belleza reside en el equilibrio de las proporciones, esto es un principio que rige tanto la belleza entre los seres humanos, así como la belleza de una obra de arte o desde luego cualquiera de las maravillas de la naturaleza creadas por Dios.

Y si vamos a dar entrada a Dios en lo que a la belleza se refiere, no podemos dejar de lado a la persona de Jesucristo. Pero no vamos a pintar aquí a un personaje bucólico, una de esas imágenes ficticias de un supuesto Jesús, con una melena cuidada y unas barbas más propias de un hipster de última moda, que de un carpintero del siglo I; no, no es esa mi intención.

Pero sí que podemos citar de su hermosura en términos bíblicos: «no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos». Esta era fue y es la belleza de Cristo en cuanto a su físico. Cristo no cautivo a las gentes por sus facciones, cautivó a sus seguidores por el amor que los mostró.

    ¿Existe entonces un equilibrio en todo lo que vivimos como cristianos? ¿Es o debe de ser la vida de un cristiano algo equilibrado? Es evidente que sí.

Antes de la siembra, la tierra ha de ser quebrantada con el arado, ha de ser rota hasta sus entrañas para que las piedras que puedan estar ocultas salgan a la luz, y puedan ser extraídas para dar lugar espacioso a las raíces de aquello que va a crecer ahí. Del mismo modo que los desiertos precedieron a la fértil tierra prometida los tiempos de dificultad siempre preceden a los tiempos de fructificación. José padeció en la cárcel de un modo gratuito, pero aquello lo preparó para un nuevo tiempo en el palacio de Faraón.

Así y del mismo modo la nueva vida en Cristo nace, es precedida del quebrantamiento del Hijo de Dios, de Jesucristo; el cual estuvo dispuesto a entregar su vida hasta la muerte para que tú y yo alcanzásemos la vida. Pero al no hallar pecado en Él la muerte no pudo retenerlo, por lo que resucitó de entre los muertos, dándonos así amplia y segura entrada a una vida eterna.

Y todo esto también tiene su vertiente práctica en la vida de todo creyente renacido de Dios, ¿No enfrentamos pruebas? ¿No atravesamos tribulaciones? ¿No somos acaso bendecidos tras ese tiempo de prueba si permanecemos en las promesas que hay en Cristo Jesús? Pero por desgracia no son pocas las ocasiones en las que ante las pruebas y tribulaciones desperdiciamos la oportunidad que Dios nos ha brindado de crecer, madurar y conocer más de Él; pues fijamos nuestra atención, nuestra mirada en la salida, solo queremos salir, dejar atrás esa sensación de presión a la que estamos siendo sometidos; y en lugar de permanecer y adquirir templanza y paciencia, salimos huyendo sin mirar atrás.

Cada bendición, cada etapa de crecimiento se ha visto y se verá precedida de un camino de tribulaciones, un camino en el que tenemos que aprender a confiar en Dios, pues las maravillas a las que Dios nos quiere llevar son inalcanzables en nuestras fuerzas, son irrealizables si no es a través de la fe.

Sí, amigo mío, la belleza de Dios es muy diferente a la belleza que entiende el hombre guiado por sus propios conceptos, no es atrayente a primera vista, no es cautivadora a los ojos de la carne, pero el mensaje de amor y esperanza que contiene sobrepasa todo entendimiento y te arrastra hasta lugares que ni tan siquiera imaginabas, esa es la belleza de Cristo, por eso te cautiva porque te regala maravillas.

Por eso yo hoy quiero invitarte a disfrutar de la belleza de Jesucristo, a no dejarte llevar por el miedo a la tribulación, no temas todo está en las manos de Dios y Él te guardará como a la niña de sus ojos, ten fe y confía, él te ve.

«Sea con vosotros gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor.»
2 Juan‬ ‭1:3‬

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