Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como viendo al invisible. (He. 11:27).
De entre los rasgos que caracterizan a los cristianos, algunos (a ojos de los incrédulos) no dejan de ser, digamos, peculiares. Él no temer a la muerte, el estar «siempre» esperanzados por duras o difíciles que estén las circunstancias, él no desanimarse ante la prueba, el estar convencidos de que lo mejor, siempre está por llegar o el entender que todo lo que vivimos tiene un propósito dentro del plan de Dios son algunos de ellos.
Ahora bien, algunas cosas sí que son un tanto paradójicas, y una de ellas es lo de ver al invisible, y creo que no necesita mucha explicación o desarrollo tal concepto, dado que choca directamente con la razón. Ver al invisible es ver algo que «no» se puede ver.
¿Pero qué nos lleva, o cómo es; qué sucede para que podamos ver lo imposible de ver? Pues la propia palabra de Dios nos lo explica en la carta a los Hebreos, capítulo 11, verso 1: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.»
A partir de aquí podemos empezar a comprender cómo es posible eso de ver al invisible. Es la fe, una fe que indudablemente no nace de una mera convicción personal, pues algo así, (una convicción personal sobre algo) no obraría el milagro de poder vivir como viendo algo o alguien invisible.
¿Estamos entonces hablando de un sinsentido o de una locura? Pues si regresamos a la palabra de Dios veremos que en cierto modo sí que podemos estar hablando de una locura, veamos. En la primera carta a los Corintios, en el capítulo 1, verso 18, es el apóstol Pablo el que se expresa en estos términos: «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios». No es pues extraño, que para algunas personas, el modo de ver y de enfrentar la vida que tenemos los cristianos, sea absolutamente incomprensible.
Poco a poco vamos avanzando, y vamos comprendiendo la íntima relación que existe entre la fe, y el poder de Dios. Dos de las cosas imprescindibles para poder vivir, no sólo viendo «al invisible», sino que gracias a esta combinación de fe y poder de Dios, podemos «ver» muchas de las cosas que forman parte de ese mundo inapreciable, invisible a los ojos físicos o carnales.
¿Cómo es posible ver un horizonte de esperanza en medio de la dificultad?
¿Cómo puede ser, que de tu corazón brote amor, y una verdadera misericordia hacia aquellos que te vituperan y te menosprecian?
¿Cómo se puede ver la mano de Dios en medio de la enfermedad?
O ¿De dónde viene el gozo en medio de la aflicción?
Pero pueden surgir también estás preguntas: ¿De dónde proviene esta fe? O ¿Qué tipo de fe es esta que obre en nosotros este milagro de ver lo invisible?
Y la respuesta es esta: JESUCRISTO. Esta es la respuesta a el origen de nuestra fe, Jesucristo, el autor y consumador de la fe, como nos lo describe la carta a los Hebreos, en el capítulo 12, verso 2: «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la derecha del trono de Dios».
Sí, es Jesucristo la respuesta, y también Él es ese invisible en el que fijar nuestros ojos. Es el apóstol Pablo, quien hablando de Jesucristo a los Colosenses, se expresa en estos términos: «El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación». (Col. 1:15).
¿Qué es entonces lo que obra en mi el poder de ver al invisible? La fe, la fe en Jesucristo, la única fe, verdadera y salvadora. La única fe que es capaz de cambiar verdadera y radicalmente a un hombre. La única fe que puede habitar en el corazón del hombre y hacerlo salvo, hacerlo una nueva criatura con una nueva naturaleza, una naturaleza espiritual capaz de ver el mundo espiritual que nos rodea.
¿Y cómo puede llegar a usted está fe? También encontramos esta respuesta a través de las palabras que el apóstol Pablo nos deja en la carta a los Romanos, capítulo 10, verso 17: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios».
Como se puede ver es Dios, es el «invisible» el que decide mostrarse a nuestras vidas a través de su palabra. ¿Y cuál es nuestra parte en todo esto? Pues disponer nuestro corazón y no ser rebeldes a su palabra, comprender que la autoridad es suya, pues Él es aquel ante quien nuestra vida será expuesta y sujeta al juicio de Su ley.
Por lo tanto, yo quisiera invitarte a meditar sobre tu vida, y a dedicar un poco de tu tiempo a escuchar lo que Dios tiene para ti. Quisiera invitarte a darle cabida a Cristo en tu corazón, quisiera invitarte a ver al invisible.
«Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros.» (Stg. 4:8)

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